Santiago Espinosa

SANTIAGO ESPINOSA

 

(Bogotá, Colombia, 1985)

 

 

The Poet

 

 

Santiago Espinosa (Bogotá, 1985) is a literary critic and poet.  He studied Literature and Philosophy at the Universidad de los Andes.  He is currently a teacher at the GimnasioModerno in Bogotá where he coordinates their Teacher’s School.  His poems and essays have appeared in diverse publications within and beyond Colombia.  He was the Editor-in-Chief of La Hojanewspaper in Bogotá until its dispersal in 2008.  He regularly writes for the Colombian Opera and the Museum of Modern Art in Bogotá.  In 2010, he published Los ecos, his first book of poems.   Lo lejano, his second book, was published in Ecuador by El Ángel press in June 2015.  In 2016, Valparaíso Press in Granada, Spain brought out his book Escribiren la niebla, a compilation of essays on 14 Colombian poets.  He recently won the Jaime Sabines International Poetry Prize for the collection El movimiento de la tierra.

 

The Translator

Olivia Lott is a Ph.D. student and Olin Fellow in Hispanic Languages and Literatures at Washington University in St. Louis, specializing in modern and contemporary Spanish American poetry and poetics and literary translation.  She is the recipient of a 2015-2016 Fulbright Grant for the translation of new poetry from Colombia. These translations have been published in journals in and beyond the United States, including Latin American Literature Today, Tupelo Quarterly, Sakura Review, Círculo de Poesía, La RaízInvertida, OtroPáramo, as well as in an anthology of new poetry from Colombia which recently came out with Mantis.  Her edition of a collection by Cuban poet Soleida Ríos is forthcoming from Kenning Editions.

 

 

La casa ilusoria

 

 Como un árbol

que se abre camino en la mitad del mar,

la casa, su olvidado lenguaje de peldaños,

de redes y vacíos luminosos,

nación en el sueño del arquitecto.

 

“Una casa”, se dijo,

“huella de la vida

que tenga por rostro

la prudencia del anónimo…”

“Que interprete la montaña

sin cortes sin remedos.”

“Pura y asilada como la hoguera.”

 

Y de la casa surgieron moradores.

Sus altos muros

fueron perdiendo la extrañeza,

cuando por el pasillo circularon las visitas

haciendo de los rincones escondites,

refugios,

donde la hombría pudo llorar las deudas

de rejas para adentro

y habría de llegar el sexo

a la lengua de los niños.

 

Sonaron los estruendos de cada noticiero.

El abandono

en las caídas de fútbol.

También hubo películas dobladas

que hablaban de África,

de una aridez distinta

a la que comenzó en los muslos

y terminó en el trazo de los rostros.

 

Fueron muchos los recuerdos

que se robó la mansarda.

La capa adusta del abuelo,

caracoles de ecos prófugos.

Los niños jugando a la guerra

con sombreros de copa

o emprendiendo la caza de Mohán

en la selva imaginada.

Mientras tanto, en la noche, los otros

oían a su consciencia traquear en la madera,

dando sus primeros pasos.

 

En medio de los aromas del melón, siempre distintos,

viendo la luz colarse en los vitrales,

por la ventana entró el sonido

de un antiguo clarinete,

poblando la casa de fantasmas

y de barcos que se hunden.

 

Con el adiós de los nardos, creciendo en la portada,

quizás solo hubo tiempo de mirarse a los ojos

para estrellar las copas de cara a la montaña.

Hubo tiempo de alzarlas

y volver a brindar por los ausentes.

 

La obra estaba completa.

 

 

Para GuiseppeVolpini

 

The Imaginary House

 

Like a tree

forging a path in the middle of the sea,

the house, its forgotten language of stairs,

of nets and radiant voids,

was born in the architect’s dream.

 

“A house,” they’d say,

“life’s print,

that has for a face

the care of one anonymous…”

“that embodies the mountain

no cuts no solutions”.

“Pure and secluded like a fire”.

 

And from the house came dwellers.

Its tall walls

losing their strangeness,

when guests wandered through hallways

turning blind corners into

refuge,

where manliness could mourn debts

from behind the gates

and where sex wouldreach

children’s talk.

 

The uproar of every newscast sounded.

Abandonment

in soccer defeats.

There were also dubbed movies

talking of Africa,

of a different dryness

one that started in thighs

and ended up in the lines of faces.

 

There were many memories

stolen away by the attic.

Grandpa’s lifeless cape,

Seashells with fugitive echoes.

Children playing army

with top hats

or embarking on a hunt for Mohán

in their imagined jungle.

Meanwhile, at night, the others

heard their consciencetesting out the wood,

taking its first steps.

 

In the middle of melon aromas, always unalike,

seeing the light cut across stained-glass,

a sound from an antique clarinet

slipped through the window,

peopling the house with ghosts

and ships taking on water.

 

With the farewell from tuberose, growing in the doorway,

perhaps there was only time to look at one another

to clinkour glassesface to face with the mountain.

There was time to raise them up

and toast again for the absent ones.

 

The work was complete.

 

 

For GuiseppeVolpini


 

Oda a Celan

 

“Sous le pontMirabeaucoule la Seine”

Apollinaire

 

Fuimos al puente Mirabeau

para pagarte una promesa.

Las horas pasaban

sobre la Sena, las vidas,

cada vez más diminutas

y más rápidas. Confiados,

pensando que un suicida

escogió el lado de la Torre

que nada termina de caer

arrojamos al agua

una moneda.


 

Ode to Celan

 

“Sous le pontMirabeaucoule la Seine”

Apollinaire

 

We went to the Mirabeau Bridge

to keep our promise to you.

Hours passed

over the Seine, lives,

more and more miniscule

and faster too.  All of us so naïve,

thinking a victim of suicide

picked just one edge of the Tower

nothing stops falling

we threw a coin

to the water.

 

 

For Carolina Londoño


 

Interior auviolon

Matisse le ha dado luces a un encierro

que no era la alegría de la vida.

El negro abisal de una ventana entreabierta,

el violín en su estuche de oscuridad

incapaz de traducir las gradaciones del océano.

 

Similar a un sueño, cuesta entender

qué es el arriba o el abajo.

El esplendor de lo sencillo

sobre una superficie en reposo

donde no llega el invierno ni la muerte.

 

Por un momento podemos sentir

la vecindad de la palmera y las olas

imaginar que el violinista

se ha ido a la playa o a morir

y en el estudio ha quedado

toda la música del mundo.

 

Se necesita olvidar mucho para pintar de esta manera.

Aprender a mirar los objetos como umbrales

entre el fuego y la semilla

hasta hacer de la luz un niño que se asoma.

 

Mi padre heredó esa réplica. La imagen lo acompañó

en los mejores años de la vida.

Allí supe que él también quiso huir, antes de nosotros,

perderse en su mar, también que quiso hacer del interior

un espacio propicio para la música.

 

Miro este cuadro donde un sonido deslumbrante

está a punto de abrirse. Y es otra vez el mar

el que espera por nosotros, mi padre y yo,

es otra vez la música. Como un vacío

que aún en la huida de los cuerpos

hace que triunfe el color sobre la gravedad y los días.

 

 

 

Interior Au Violon  

Matisse floods with light a closed-off space

that doesn’t set life aglow.

The abyssal black of a window left ajar,

the violin kept in its shadowed case

helpless to translate ocean scales.

 

Like a dream, it’s hard to grasp

where’s the top, where’s the bottom.

The radiance of what’s simple

above a resting surface

where winter and death don’t show up.

 

For a second we can sense

the nearness of palm trees and waves

imagine the violinist

going off to the beach or to die

all the world’s music

left in his studio.

 

You’ve got to forget so much to paint like this.

Learn to see objects as thresholds

among fire and seeds

before rendering light a boy who comes into view.

 

My father inherited this replica. The image kept him company

the best years of his life.

There I learned he wanted to flee too, before us,

get lost in the sea, turn his interior

into a space for tending to music.

 

I study this painting where a blinding sound

is set in motion.  And it’s sea once more

the one waiting for us, my father and me,

it’s music once more.  Like an emptiness

despite bodies fled

compelling color to prevail over gravity and days.

 

 

Soliloquio de un raspachín

 Con estas manos

planto semillas de viento.

Espero su floración

de limbos pardos

antiguos como el suelo.

Las hojas son los rostros

de los niños sin descanso

creciendo en la selva,

estrellas o corales

olvidados

que silban entre los árboles.

 

Desayuno. Pienso en el padre

de los lunes

frente a un pocillo roto,

repaso cicatrices.

Limpio las hojas secas

sobre una tablilla,

en calma,

como el que lava un aluvión de oro

en lo profundo de su casa.

 

En la semilla está el sol negro

de los puertos,

respirando a la distancia.

El viento llega a los bolsillos de la noche.

Recorre plazas que no conozco, avenidas desiertas.

Tiendas donde se paga una promesa

en la oficina de recaudos.

Descansa en la furia de las llaves,

traza dos líneas de fuego en la repisa del bar.

Construye palacios y destierra casas viejas,

casas de rejas blancas junto al espejo del lago.

 

Mi oficio es el oficio de mi padre.

Cuido la sal, el puño, mido los cristales,

espanto de mi casa pajarracos negros.

 

Con estas manos

he cosechado tempestades.

 

 

 Soliloquy of a Coca Leaf Harvester

With these hands

I plant seeds of wind.

I wait for their blades

to bloom

brown, aged like the earth.

The leaves are the faces

of unresting children

growing in the jungle,

forgotten

stars or corals

whistling among trees.

 

I have breakfast.  Think about the father

of Mondays

facing a broken bowl,

I scan for scars.

Clean dry leaves

off a notice board,

calmly,

like one washing away a golden flood

deep in his house.

 

In the seed there’s the black sun

of harbors,

breathing in the distance.

Wind reaches the pockets of night.

Wanders along plazas I don’t know, deserted avenues.

Stores where a promise is settled

in the collections office.

Rests in the fury of keys,

traces two lines of fire on the bar’s ledge.

Builds palaces and banishes old houses,

houses with white gates next to a mirrored lake.

 

My trade is my father’s trade.

I look after salt, my fist, measure crystals,

scare away black birds from my house.

 

With these hands

I’ve harvested tempests.

 

 

El Carnicero

La materia

“diáspora de estrella”,

es para Don Orlando

kilos

peso tibio entre las manos.

Y el tiempo, del negro al blanco,

le zumba al oído

como moscas en la tarde.

 

Entre lomos, caderas,

blancos puñados de grasa,

pasan los días de Don Orlando.

Por eso alza las carnes al hombro

sin pensar en los cortejos.

Lee los mensajes de las fibras

sin detenerse en augurios.

 

No hubo pudor cuando

besó a su hijo entre placentas.

Cuando lo tuvo en los brazos,

y en los ojos del uno y del otro

la misma bruma,

sus manos, sin saberlo,

imitaron la balanza romana.

 

Las vísceras del hijo se velaron,

al ver la luz por el cuchillo de otros.

Don Orlando no hace conjeturas,

su madre le enseñó que era malo especular.

Y sin embargo

no olvida la bendición

antes de hacer los cortes.

Hay que lavarse bien las manos

sin importar el precio del jabón.

 

 

 The Butcher

The matter

“diaspora of stars”

are for Don Orlando

kilos

lukewarm weight in his hands.

And time, from black to white,

buzzes in his ear

like afternoon flies.

 

Among ribs, hips,

white handfuls of fat,

pass by Don Orlando’s days.

That’s why he slings meatover his shoulder

no thinking about processions.

Reads the messages on the fibers

no getting hung up on omens.

 

Noshyness when

he kissed his son through placenta.

When he held him in his arms,

and in both their eyes

the same mist,

his hands, unaware,

mimed the steelyard.

 

The son’s insides were veiled,

when glimpsing the light by the knife of others.

Don Orlando doesn’t rely on guesswork,

his mother taught him it’s not polite to speculate.

And still

he won’t forget the blessing

before making any cuts.

You’ve gottawash your hands well

no matter the cost of soap.

 

 

Al margen

Tarde de sed,

llueve sobre las calles

 

detrás de lo que escribo

siempre hay lluvia.

 

La música abre una esfera

donde entran y

salen los fantasmas

que no he visto

 

cesa la gravedad

bajo sus botas mojadas

 

y llueve

adentro.

 

 

 

 

 

At the Edge

 Evening of thirst,

it rains on the streets

 

behind what I write

rain always lingers.

 

Music opens a sphere

where ghosts

I’ve never seen

slip in and out

 

gravity halts

beneath their wet boots

 

and it rains

within.

 

La arena y los olvidos

 

Quien se habita es el desierto:

su soledad es nuestra.

Carlos Obregón.

 

Se han reunido tus recuerdos

sobre el blanco de una imagen,

pidiéndote cuentas.

Qué de esto es tuyo y qué de los otros.

Dónde comienza el dolor de los demás.

 

Tanteando en torno, como sonámbulo,

buscabas la conexión entre tu voz y las cosas.

Te preguntabas por la herida de una herencia,

cuando al final de los caminos

no había nada por comprender.

Así fuiste habituando tu labor de escribano,

en el fulgor de las cosas perdidas.

 

Tenías que construir para perder.

Darle la vuelta a la comparsa

para quedar tan solo como al principio.

Había que alzar una escalera a lo invisible

para aprender a derribarla después.

Se abrió la puerta

y ahora miras lo tuyo en el silencio

de lo informe, pariente de un misterio perpetuo.

 

Deja que los muertos se concilien con los muertos.

Que el viajero que no fuiste se realice entre los suyos,

y que nunca regrese.

Que el estudiante y la señora de sombrero

vuelvan a cometer las mismas equivocaciones,

que la víctima se cruce por la calle

con su eterno verdugo

y que no se reconozcan.

Sombras o fantasmas, unos y otros pasarán.

Sigue ocurriendo al margen la fiesta de los vivos.

 

¿No oyes la música que envuelve

las montañas en su acenso,

en la balanza de los senos

donde un mundo se inclina,

es leve el destierro?

 

Escúchala en silencio, no mires para atrás.

Esta y no otra era tu historia:

 

el tiempo contemplado en las fisuras de la arena,

el lento madurar de los desiertos sin límite.

 

 

 

Sand and Omissions 

 It is the desert that inhabits itself:

its solitude is ours.

Carlos Obregón

 

Your memories have gathered

upon the white of an image,

holding you accountable.

What among this is yours and what’s for everyone else.

Where does the pain of others begin.

 

Feeling your way, like a sleepwalker,

yousought a link between your voice and things,

You wondered about the wound of an inheritance,

when at the end of the road

there was nothing to grasp.

So you got used to your scribe work,

in the glow of lost things.

 

You had to build to lose.

Sidestepping carnival goers

to be left so alonelike at the start.

You’d have to raise a staircase toward the invisible

to learn to knock it down later.

The door opened

and now you look at what’s yours in the silence

of the unformed, kin to endless mystery.

 

Let the dead reconcile with the dead.

The traveler you never were be fulfilled among his own,

to never return.

The student and the woman wearing a hat

make the same oversights once more,

the victim cross the street

with his eternal executioner

neither recognizing the other.

Shadows or ghosts, some and others will pass by.

The celebration of the living keeps on in the margins.

 

Don’t you hear the music engulfing

mountains in its ascent,

in the balancing of breasts

where a world bends,

and exile ismilder?

 

Listen to it silently, don’t look back.

This and no other was your story:

 

time gazeduponwithin cracks in the sand,

the slow ripening of limitless deserts.

 

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